En el primer día de sus vacaciones en el Caribe, Martín salió a matar. De abajo para arriba llevaba ojotas, bermudas rojas, camisa floreada, amplia como para disimular la zapán y abierta para que se viera la cadena de oro, anteojos negros con marco de metal dorado y la gorra del Club Atlético Talleres, que no por seductor iba a renegar de sus sentimientos más profundos. Entró a la playa con el pecho henchido, consciente de que las minas lo miraban. Con su andar recio, tirando arena para arriba con el talón de las ojotas a cada paso, se dirigió a un sillón de playa sobre el que se recostó con un profundo suspiro de placer.

Tanto despliegue de masculinidad, por supuesto, no podía pasar desapercibido, que al fin y al cabo las mujeres tampoco son de palo, y menos por esas latitudes en las que el sol y la naturaleza mantienen la sangre siempre efervescente. Había estado escasos minutos sobre el sillón cuando escuchó una voz melódica que le preguntaba “would you mind spreading some sun lotion on my back?” Martín no hablaba una palabra de inglés, lo que no le impidió comprender la pregunta, porque pocas cosas hay más cercanas a un lenguaje universal que la imagen de una morena pechugona, apenas cubierta por una minúscula tanga, extendiendo un frasco de bronceador con la mano derecha al tiempo que, con la izquierda, se frota demostrativamente el hombro opuesto. Haciendo un enorme y futil esfuerzo por mantener la calma, Martín se levantó y procedió a esparcir el bronceador sobre el dorso de la ninfa. Ella festejaba con leves gemidos de placer cada uno de sus movimientos, que iban haciéndose cada vez menos enérgicos y amplios a medida que él se daba cuenta de que, a ese ritmo, la espalda se le acabaría enseguida.

Como muestra de agradecimiento, y por señas, ella le ofreció compartir con él un trago en el bar de la playa. Allí, en virtud de la insuperable barrera idiomática, la conversación se limitó a un constante intercambio de sonrisas que, ocasionalmente, estallaba en inexplicables carcajadas. Brindaron, bebieron el uno de la copa del otro, se hicieron caras, y sin previo aviso Martín se encontró con un pie de ella suavemente apoyado en su entrepierna, lo que cambió de inmediato la naturaleza de su sonrisa.

No habían aún terminado el segundo trago cuando se acercó a la mesa otra muchacha, más hermosa, exhuberante y desnuda que la primera, si tal cosa cabía, quien la saludó con un beso en la boca. Intercambiaron breves frases en inglés, lanzando de vez en cuando risitas y miradas pícaras en dirección a Martín. De alguna manera, se las arreglaron para preguntarle al oído si no quería acompañarlas a la habitación del hotel, donde las estaba esperando otra amiga.

El hotel no estaba lejos, y la puerta se abrió para revelar a la más bella, más voluptuosa y más desnuda de las tres, quien los esperaba con tragos servidos. Martín tardó un momento en darse cuenta de la presencia de otro hombre en la habitación, y pese a que su aspecto era agradable sintió cierto temor. El extraño resultó ser un centroamericano muy cordial, de nombre Carlos, quien al ver que Martín no hablaba inglés, inició una charla con él para que no se sintiera tan aislado.

Comenzó hablándole de la belleza del hotel, y de la comodidad de las habitaciones. Mientras una de las chicas abrazaba a Martín por detrás, metiendo su mano bajo la camisa y pellizcando sus tetillas, Carlos alababa las artes de los cocineros y observaba las ventajas de estar tan cerca de la playa. Tironeado entre sus sentidos de urbanidad y solidaridad, que le impedían dejar hablando solo a un hermano latinoamericano, y su libido que constantemente le hacía desviar la vista hacia las otras dos amigas, quienes se besaban y acariciaban sobre el sofá, Martín simulaba atender las apreciaciones de Carlos acerca del impecable servicio de seguridad y la altísima calidad de la atención, comparable sólo a la de los hoteles cinco estrellas.

Martín pasó todo el día siguiente tratando de reconstruir cómo y por qué había salido de la habitación sin siquiera haber tocado a las niñas, pero sobre todo no conseguía recordar en qué momento había firmado el contrato que lo hacía acreedor, por las siguientes dos décadas, a una habitación del hotel en tiempo compartido, diez días al año, del 3 al 13 de junio, por una módica cuota mensual más servicio de mucama, seguros, gastos comunes, administrativos y colaterales, sellados, prima de mantenimiento, comisiones e impuestos.

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