Esquizofrénicos

Usted seguramente conoce a varios hombres de esos que cotizan en el Mercado de Solteros, Separados y Afines. Piense un momento en ellos, recuerde sus actitudes, apariencias, vestimentas, peinados e ideologías de los últimos meses (u horas, en casos particularmente graves), y comprobará que estos individuos son un tanto… digamos… volátiles. Es como si el andar sueltos los conviertiera en unos veletas que reíte del camaleón, bah. ¿Será cierto que el varón necesita de la mujer para ser al menos someramente estable, como sentencia mi abuela?

Nada más alejado de mi espíritu que poner en tela de juicio la autoridad de mi abuela en estos menesteres, pero analicemos un poco la situación antes de ponernos a extinguir incendios con nafta. Lo que aqueja a estos pobres infelices no es ninguna deficiencia de mujeranina en el torrente sanguíneo. La inconstancia que nos preocupa es simplemente la consecuencia de sus patéticos esfuerzos por lograr una imagen cercana a la que vislumbran como “el ideal femenino”. Sin embargo, por más que se retuercen, se contradicen y se torturan, no lo logran. Lo que quizás sea mejor para ellos, por otra parte.

Intentemos una descripción del “hombre ideal” de la mujer moderna: es divertido, original y creativo a la vez que un buen proveedor y un trabajador ejemplar que jamás llega cinco minutos tarde al banco. Es sensible, capaz de llorar (de emoción, no de asco) escuchando «El Día que me Quieras» cantado por Luis Miguel, y tiene estabilidad y fortaleza emocional como para reconstruir la autoestima de un chicle pegado bajo la mesa. Jamás la contradice en lo que ella desea, y sabe forzarla a hacer lo que ella secretamente desea pero no se atreve a admitir. Es exitoso en su trabajo, muy requerido por sus habilidades profesionales, y siempre silba mientras, como todos los días, cocina, lava los platos, la ropa y limpia la casa. Es amable, considerado, sabe escucharla, y es un desaforado, un animal salvaje en la cama. Es deseado por muchas mujeres, pero él ni las ve. Es un eximio danzarín de ritmos latinos, europeos, indoasiáticos y africanos, sabe arreglar todos los artefactos hogareños, es capaz de levantar una casa con sus propias manos. Dedica mucho tiempo a la pareja, siempre está allí cuando ella lo necesita, y desaparece con un destello de luz y una tenue humareda azulina cuando ella desea preservar su espacio. Es fiel hasta la exasperación, jamás le da el menor motivo para tener celos, y comprende que si ella tiene alguna vez una aventurilla sin más consecuencias que un par de mellizos con rasgos indios, sólo lo hace porque necesita aire para no ahogarse.

En malón pasaron ellas rumbo al ocaso en pos de este personaje, dejándome pisoteado, sumido en la estela de polvo y en mis cavilaciones. Pensándolo bien, no me preocupa tanto que busquen alguien así. Lo que me aterra es la posibilidad de que lo encuentren. Porque este tipo es un esquizofrénico al lado del que Norman Bates (el de Psicosis) era un mayordomo inglés. Tarde o temprano, este colifa va a terminar hecho un asesino en serie, aullándole a la Luna desde la terraza de un edificio, desnudo y con el cuerpo tatuado con los Nombres de la Bestia. Gente así es la materia prima de las novelas de Stephen King.

Si se permite el mal gusto de ser honesto, admitiré que tambien los varones suelen caer en la trampa del deseo polimorfo, embarcándose en la búsqueda de una mujer “mezcla de santa y de puta”. Generalmente lo hacen jóvenes inexpertos, propensos a ignorar la sabiduría de nuestros mayores, la larga tradición de hombres ejemplares que vivieron vidas altamente satisfactorias con una santa y una puta (o dos), separaditas y sin mezclarlas. Estos prohombres nos enseñan a apreciar las delicias de ambas: una eficiente, la otra cálida, una serena, la otra excéntrica, una con habilidades para el tejido de punto, la otra diestra en el masaje de pecho contra pecho, cada una cómoda en su nicho ecológico.

Por cierto, no basta con no buscarla: la mujer es un fenómeno poco predecible y uno se encuentra, quizás con demasiada frecuencia, liado con mujeres que aspiran a presentar esta combinación tan indigesta. Por suerte, suelen ser inofensivas si uno toma la precaución de asegurarse de que el papel de santa lo haga para el otro.

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