¿Dónde está el valor en el software?

Marcelo Lozano, un amigo de Buenos Aires preocupado por muchos de los temas que también me ocupan, escribió en estos días una reflexión sobre el software libre, que me parece digna de ser contestada porque ilustra muy bien algunos de los malos entendidos que rodean no sólo al software libre, sino al software mismo.

La libertad de elegir

Si entiendo bien lo que dice Marcelo, su texto es una defensa de la libertad de las personas de elegir cuál software usar. Por cierto que no puedo dejar de estar de acuerdo con él, y dudo que haya alguien en la comunidad de software libre (incluyendo a Stallman) que disienta en este punto. El software libre no hace énfasis en la libertad de elegir el software que que queremos usar porque defiende una libertad más grande: la libertad como ausencia de coerción por parte de los proveedores de software. La libertad de usar el programa que yo quiera forma parte de esto.

En otras palabras: la filosofía del software libre no propone poner límites a lo que los usuarios pueden hacer, sino al poder que algunos proveedores de software ejercen sobre los usuarios a través del funcionamiento secreto de sus programas y las condiciones abusivas de licencia. Lo que tratamos de hacer desde el movimiento de software libre es explicarle a la gente que la única manera que tienen los usuarios de poner límites a la coerción de los proveedores es eligiendo software libre, y que cuando eligen software privativo están haciéndose daño a sí mismos sin darse cuenta (todavía).

El valor del know-how

Marcelo argumenta que es un error poner al software en el centro del escenario, porque en realidad, lo que vale es el talento, y hoy el software en sí es un commodity. Algunos de sus ejemplos son desacertados: por ejemplo, Google no pagó 1.600 millones de dólares por el know-how de YouTube, que es bastante trivial, sino por la base de usuarios, algo similar a lo que pasó en Argentina cuando las gigantes de TV por cable comenzaron a comprar a las empresas establecidas con anterioridad, pagando tanta plata por cada abonado. Aún así, nuevamente tengo que coincidir con la idea central: lo escaso no es el software, es el talento. La diferencia está en que, desde esa premisa compartida, llegamos a conclusiones diferentes.

No conozco a nadie en el mundo del software libre (de nuevo, Stallman incluido) que se oponga a que el talento y el trabajo se paguen. Pero si bien hay talento involucrado en escribir software y ponerlo en operación, confeccionar una copia de un programa es notoriamente barato, tanto en términos de talento como de recursos. Pagar por una copia del programa, entonces, es poner el valor donde no está, es un modelo de negocios en el que el dinero no está en el mismo lugar donde está valor, y si bien eso funcionó (más mal que bien) durante algún tiempo, ya no se sostiene.

Como el software es barato, pero el talento para escribirlo no, lo más lógico es que paguemos muy bien el trabajo de desarrollarlo, mantenerlo, ponerlo en funcionamiento, y reconocer explícitamente que las copias gratuitas del programa, lejos de quitarle valor, se lo agregan al construir base de usuarios. De hecho, incluso las empresas de software privativo reconocen esto más o menos explícitamente, cuando toleran las copias truchas como un mecanismo de mercadeo que luego les permite vender más caras las licencias.

El derecho a ser solidario

El único punto de principios en el que disiento con Marcelo es cuando opina que es mejor dejar que de la solidaridad se encargue Cáritas. Lo que hace Cáritas no es solidaridad, es beneficencia. Si querés encontrar solidaridad, no la vas a encontrar en Cáritas en sí misma, sino en las personas, los individuos que aportan dinero o trabajo voluntario para ayudar a otros. La solidaridad sólo existe en las personas, en cada uno de nosotros, y por eso es importante que mantengamos nuestra libertad de ser solidarios.

Curiosamente, Marcelo me aporta el ejemplo perfecto para ilustrar el problema: el sistema IBIS. Confieso que jamás había escuchado hablar de este sistema de análisis balístico, de modo que desconozco sus bondades, pero voy a confiar en los elogios que Marcelo le hace, y me concentraré en su idea de que no tendría cara para decirle a la madre de una víctima del delito que no podemos usar IBIS porque no es libre. Con ciertas reservas, que elaboraré un poco más abajo, estoy de acuerdo con el sentimiento. Pero si bien usar IBIS bajo una licencia privativa nos libera de ese dilema, nos pone en uno más grande.

Supongamos que la justicia de Córdoba acepta la licencia de IBIS, y lo usa para ayudar en la investigación de crímenes. Ahora, como cordobés, ¿con qué cara les digo a las madres de víctimas del crimen en La Rioja, Santa Fe o Uruguay que no podemos darles una copia del programa para ayudar a resolver los crímenes de allá? ¿Cómo justifico que sea más importante proteger el interés comercial de una empresa que ayudar a mis semejantes?

Por cierto, aquí viene el argumento de que si no pagamos por el software, entonces la gente que hace IBIS no lo haría, y nadie lo tendría. Pero ese argumento es falaz: nadie dijo que no paguemos por el software, tan sólo que no debemos aceptar esos términos de licencia. Si les preguntamos, es posible que la gente de IBIS esté de acuerdo con entregar el programa como software libre. Puede ser que exijan demasiado dinero a cambio, y no podamos pagarlo, pero en ese caso nos queda aún la posibilidad de hacer una vaquita con otras provincias y países, y pagarlo entre todos.

Puede haber otras soluciones, quizás sea más barato financiar a un equipo interdisciplinario de una universidad local para que desarrolle un programa similar. La venta de licencias no es la única manera de financiar desarrollo, y está ampliamente demostrado que no es la más eficaz. Si la necesidad del programa existe, entonces encontraremos, como sociedad, la manera de alentar y premiar a los hombres y mujeres talentosos que lo escriban.

Una cuestión de poder

Mis reservas acerca de la idea de que aceptar una licencia restrictiva en el caso de IBIS nos libera del dilema ético se centran en una cuestión de poder. Cuando un usuario está usando mi programa, y yo no le permito conocer qué hace el programa, estoy en condiciones de ejercer poder sobre él. Ejemplos abundan: sistemas de DRM, programas con puertas traseras, bombas de tiempo, desactivación remota, actualizaciones obligatorias y en ocasiones clandestinas, y muchas cosas más.

Cuando renunciamos a la libertad de estudiar cómo funciona un programa que usamos, estamos otorgando a los autores del programa la autoridad de usar nuestras propias computadoras en contra nuestro. En el caso de IBIS, estamos basando parte del funcionamiento de nuestro aparato de justicia en el correcto funcionamiento del programa. Afortunadamente, si IBIS identifica mal un arma (falsos positivos), será razonablemente sencillo darse cuenta, porque podremos hacer también el análisis “a mano”, y así salvar el error de enviar a la cárcel a un inocente, pero ¿qué pasa con los falsos negativos? Si IBIS no puede detectar un arma, ¿cómo distinguir si efectivamente no encuentra correspondencia, o si está funcionando mal adrede?

Este peligro no es de una paranoia desbocada: existen casos reales y cotidianos en los que los proveedores de software usan sus programas para controlar las prestaciones de nuestras computadoras, en contra de nuestros intereses. Uno muy conspicuo se encuentra en un testimonio del terapeuta de François Mitterrand, entonces presidente de Francia. Según aquél, Mitterrand le habría contado que, luego del hundimiento del HMS Sheffield, Margaret Thatcher lo extorsionó para que revelara las claves del software de los misiles Exocet, de modo que éstos dejaron de ser efectivos como arma contra la flota británica porque los ingleses podían “apagarlos” en vuelo.

Por cierto, no todas las cosas que hacemos con la computadora tienen la misma criticidad que un misil pero, en todas ellas, el correcto funcionamiento del programa en forma independiente de la voluntad del autor es una característica crucial para desempeñarlas. Como sociedad, no podemos permitirnos que el funcionamiento de partes importantes de nuestra infraestructura pública dependan de la buena voluntad de un proveedor.

El talento es escaso: aprovechémoslo

En síntesis, coincido con la idea de Marcelo de que lo escaso no es el software, sino el talento de escribirlo. Lo más lógico, entonces, es no desperdiciarlo en desarrollar cada uno sus programas desde cero, sino utilizarlo para construir herramientas, bibliotecas, programas libres, de modo que no tengamos que desperdiciar valioso talento en reinventar la rueda en cada programa, y podamos concentrarnos en agregar valor.

El software libre muestra que ese modelo de negocios funciona, genera programas de altísima calidad, recompensa adecuadamente a los desarrolladores, y permite avanzar a enorme velocidad. ¿Para qué seguir manteniendo a quienes insisten en un modelo de negocios perimido, derrochador y merecidamente moribundo?

Corregime

3 corrigenda.

  1. Marcelo Lozano

    Fede

    Como verás soy un buen provocador. Yo soy un fiel creyente del talento humano y de la creatividad y por cierto me preocupa el futuro de nuestros pibes.
    Creo firmemente que el soft del estado no puede ser otra cosa que no sea OPEN. Y en casos especiales como lo puse en lo de IBIS deberian exigir que en un tiempo entreguen una versión OPEN.
    No quiero seguir sin dejar tranquilas a las madres de Catamarca, el IBIS se va a comprar a nivel nacional, no provincial… Cuando digo nacional hablo de todo eso que está alrededor de Córdoba jajajajajaja.
    Con absoluta sinceridad sigo sin entender por que es pecado pagar software si hago uso de mi libertad para hacerlo.
    No logro entender este contrasentido.
    Yo hablé de crecimiento exponencial de conocimiento y se positivamente que no el mundo open, ni libre ni Microsoftiano en su sentido mas purista van a poder hacer frente a este desafío.
    Otro contra sentido -por ejemplo- es que todos victoreamos a Linux y armamos distribuciones lo mas parecidas a Windows, (acaso el I+D de los pibes sirve?)
    Yo quiero dejar clara mi nota, por que lo que cuestioné lo sigo haciendo desde mi desconocimiento y ante la falta de un argumento que me convenza que Stallman tiene razón.
    Confieso también que mi posición deliberada de Abogado del Diablo es para ponerle pimienta al debate y soy un fiel creyente de que la gente crece cuando debate… De ahí salen las ideas….

    Te dejo un fuerte abrazo y seguiré peleando por la causa a mi manera.

    ML

  2. Marcelo,

    acerca de los dos “contrasentidos” que señalás, no son tales:

    1. Lo malo no es pagar por el software, es aceptar las condiciones de la licencia privativa. No hay absolutamente nada que objetar a pagar por software, si la licencia es libre. El que aceptemos esa licencia “a nivel nacional” no resuelve el dilema: podremos usarlo los argentinos, pero seguimos comprometiéndonos a negarle ayuda a nuestros semejantes uruguayos, bolivianos, y ya que estamos, por qué no rumanos y somalíes.
    2. No creo que sea cierto que “armamos distribuciones lo más parecidas a Windows”. Hay distribuciones parecidas a Windows, las hay también parecidas a Macintosh, las hay completamente originales, y tanto Windows como Mac abrevan también en ideas y código que sale de proyectos libres. Aquellas distros que apuntan a imitar la interfaz de Windows lo hacen con la idea de facilitarle la transición a los usuarios (y, en mi opinión, terminan complicándosela más). Pero a la vez que hay mucho diseño original en software libre, no vamos a renunciar a una determinada manera de hacer las cosas sólo porque MS lo hace así.

    Acerca del crecimiento exponencial del conocimiento, es posible que el software libre tampoco alcance para encauzarlo, pero sí es imprescindible para promoverlo: los programas son conocimiento codificado. En el caso del software libre, ese conocimiento está disponible para que todos podamos no sólo usarlo, sino también aprenderlo leyendo el código.

    El modelo privativo nos quita ambas posibilidades. Hablando hoy con mi amigo Carlos Navarro sobre este artículo, acuñó una frase muy elocuente: el conocimiento secreto es el camino a la Edad Media.

  3. Marcelo Lozano

    Permitime agrgar a tu amigo Navarro, que el conocimiento no es tal hasta que se comparte, página 1 párrafo 1 del “Manual del Pedagogo Bonaerense.”
    Ahí tenemos un punto de coincidencia

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