Cómo cortar

Usted ya no sabe qué hacer: cambió el auto, los muebles, el televisor, el empapelado, incluso el trabajo, y aún así no logra sacarse de encima esa sensación indefinida de que hay algo que lo molesta. No busque más, ahórrese el psicoanalista: lo que usted tiene que cambiar es su mujer. Si esta propuesta le parece demasiado cruda, si despierta en usted el remanido “¿qué va a hacer mi mujer sin mí?”, sáquese las telarañas de la cabeza. Su mujer la puede pasar maravillosamente bien sin usted, y si está permitiendo que usted se hastíe de ella, es porque a esta altura ella tampoco lo aguanta, pero no quiere tomar la iniciativa por temor a que usted arme una escena que, por derecho, le corresponde protagonizar a ella.

El ritual de cortejo de nuestra especie es complejo, y está principalmente a cargo del macho. Quizás por razones de ecuanimidad biológica, la Naturaleza parece haber puesto el rito inverso bajo la responsabilidad de la hembra. La estructura de la ceremonia es rígida, y no alberga sorpresas. Ella pedirá otra oportunidad, le preguntará por qué la deja. Si es lo suficientemente sofisticada se convertirá, por un período que puede llegar a durar minutos enteros, en la Mujer Arquetípica de sus Sueños, como para que a usted le quede el regusto de que es a ésta a quien está dejando, y no a la de entrecasa.

Dejarse enternecer en éste momento sería un gravísimo error de protocolo. El derecho de lloriquear acerca de que usted la deja es en realidad el premio, el canto de victoria por haber logrado el Trono de La Víctima. Arqueólogos extraterrestres dilucidarán un día cómo fue que la moral judeo-cristiana logró inculcar en la mujer la absurda noción de que ser víctima es lo mismo que ser buena. Ellas son capaces de cualquier sacrificio por conservar ese ingrato rol, y se dejarían desollar vivas antes de tener que enfrentar al mundo como “la que lo dejó”. Para una mujer, el Orden Universal mismo depende de la noción de que la crueldad es una característica masculina, y por eso es crucial dejar bien sentado que es usted quien la deja a ella.

Una vez establecida la identidad del villano de la película, usted deberá soportar el castigo que espera a quienes se van de donde ya no los quieren. Ella llorará hasta deshidratarse, demandando la razón de que usted ya no la ame. Hasta aquí, todo viene a pedir de boca. Es una situación quizás incómoda, pero es la manera en que estas cosas funcionan. Está en usted el lograr que la ceremonia se mantenga en el terreno del mal gusto, y no derive en el infierno del Dante. Para ello, hay una regla simple de seguir: jamás cite a su ex las verdaderas razones por las que prefiere seguir sin su compañía.

Antes de declarar en contra de usted mismo, tenga en cuenta que existe una larga tradición de lo que llamaremos la Lógica del Despecho Femenino, disciplina en todo alejada de la del bueno de Boole, y basada en tres axiomas: 1) todos los hombres son una basura, 2) todas las mujeres son más lindas que yo, y 3) pensándolo bien, los hombres son peores que la basura. Cualquier argumento suyo que implique salirse de este sistema de pensamiento traerá aparejada una batahola que dejará al Armageddon reducido a una guerra de almohadones, de modo que tenga cuidado y evite cualquier indicio de que su alma pueda albergar algún sentimiento o intención que Satán no haya autorizado personalmente con su firma.

Hay una mentira particularmente efectiva, que cumple a la perfección con la liturgia de hacer un demonio de su persona y un ángel de la de ella: dígale que la deja porque está enamorado de otra mujer más atractiva. No se preocupe si ve que los ojos de ella se ensombrecen. El pensamiento que cruza su mente en ese momento no es realmente asesinarlo. Solamente le aflige la pena de que su mejor amiga no esté presente para atestiguar que, puesta en ese trance, ella se comporta igualito que la sirvienta de la novela de las tres de la tarde: como una duquesa. Con tal de preservar el papel, y quizás incluso para premiarlo por la delicadeza de su mentira, es probable que ella hasta se abstenga de arrancarle los ojos con las uñas.

Son tan simples de complacer…

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