Una de las confusiones más comunes respecto del software libre, es la de considerarlo “software gratis”. Esta confusión no sólo es dañina para el software libre en sí, que ve reducida su filosofía a la mera filantropía de regalar programas, sino para las personas que se acercan a él con una expectativa errónea: en la mente de muchos, lo único que cambia al pasarse a software libre es que ahora no hace falta pagar. Si bien es cierto que los programas libres más populares suelen ser muy parecidos a los programas privativos con los que compiten en términos de uso, las maneras en las que el usuario se relaciona con el software e influencia su desarrollo son completamente diferentes.

No tener esto en claro puede llevar a más de una desilusión, como le ocurrió hace poco a mi amigo Ricardo Goldberger, de Tecnozona. Hace mucho que vengo tratando de explicarle a Ricardo dónde creo que está su error en la manera de encarar el software libre, y lamentablemente vengo fallando de manera bastante estrepitosa. Afortunadamente, cuando recientemente se cansó de Linux, yo estaba bastante ocupado con otras cosas, y no tuve oportunidad de responderle. Fue afortunado porque otra gente le respondió, y sobre todo porque, al final, la gente de Red Hat logró convencerlo de que revea su posición. Hay varias cosas en que podemos aprender de este episodio.

Expectativas diferentes

Las quejas de Ricardo son comprensibles: él está acostumbrado a que el software funcione. O no, y cuando no funciona, está acostumbrado a que su único recurso sea acudir a la empresa que se lo proveyó para que se lo arregle. O no, y cuando no se lo arregla ya está, no hay vuelta que darle, la única solución es bancarse el problema, o cambiar de software, dependiendo de qué sea más barato. También está acostumbrado a que el software sea, por lo general, muy fácil de instalar y que el programa se desviva por ayudar al usuario a llevar adelante su tarea, llegando a extremos desagradables como el felizmente difunto Clippy.

Estas expectativas son perfectamente razonables en el marco del software comercial. Al fin y al cabo, el proveedor te cobra, y por lo tanto la responsabilidad de que funcione o no es de él. También tiene un enorme interés en que el programa te resulte atractivo, y por lo tanto invierte una cantidad considerable de esfuerzo en endulzarlo con todo lo que tiene a mano. Todo cambia radicalmente cuando uno abandona el mundo comercial, y entra en la comunidad.

Elige tu propia aventura: ¿Cliente o miembro de la comunidad?

Una de las características “extrañas” del software libre es que, si bien uno puede acceder a él a través de una oferta comercial, también puede hacerlo directamente. Como la oferta comercial por lo general implica una erogación monetaria, mucha gente decide evitarla, simplemente se baja los CDs de instalación que hay disponibles en la red, y listo. Esto es perfectamente legítimo, y de hecho es la manera en la que yo prefiero hacerlo personalmente, pero pocas personas tienen en cuenta que para dejar de lado la vía comercial, es necesario abandonar la postura del cliente.

Cuando una persona baja los CDs de instalación de una distribución cualquiera de GNU/Linux, o el instalador de Firefox, o de OpenOffice.org, la relación que está estableciendo con el software es de miembro de la comunidad, no de cliente. Un miembro de la comunidad se beneficia con lo que ésta tiene para ofrecer, y lo único que se le pide a cambio es que, si puede y tiene ganas, contribuya algo por su parte. Puede ser documentación, código, reportes de error, difusión, o nada.

Hay un derecho, eso sí, que el cliente tiene y el miembro de la comunidad no: exigir que otro arregle o cambie algo. La expectativa en la comunidad es que si un usuario está disconforme con algo, el responsable de arreglarlo es él mismo. Quizás baste con guiar a los desarrolladores, mostrándoles algo nuevo que el programa podía hacer y a ellos no se les había ocurrido, pero es posible que requiera más trabajo, desde ponerse a programar la solución, hasta contratar a gente para que lo haga y devuelva la solución a la comunidad. Puede parecer extraño, pero es la solución completamente igualitaria: todos pueden mejorar lo que quieran, nadie está obligado a mejorar nada.

¿El software libre no es para usuarios finales, entonces?

Aquí es donde las personas acostumbradas a ser “clientes” de golpe se encuentran con que los reflejos que aprendieron durante años dejan de funcionar. La cosa es mucho peor para gente como Ricardo, un respetado columnista de tecnología acostumbrado a que las empresas se preocupen por su opinión, porque quieren que escriba bien de sus productos. A una empresa le importa que al cliente le agrade el programa, porque quiere su dinero. La reacción de la comunidad es muy distinta, porque también es muy distinta la realidad: “acá tenés el programa que hicimos, usalo si querés, mejoralo si querés, distribuilo si querés, y si hay algo que no te cierra, avisá que tratamos de ayudarte, pero en el peor de los casos te las vas a tener que arreglar vos”.

La actitud de la comunidad suele escandalizar a las personas que están habituadas al rol de clientes: ¿qué clase de proveedor es este, que no responde a lo que yo le pido?. Muy sencillo: no es un proveedor, es una comunidad de iguales. Si lo que querés es una relación cliente-proveedor, entonces comportate como cliente: andá a uno de los proveedores comerciales, comprale algo que te resulte interesante, y si algo no anda, ya tenés a quién quejarte y a quién exigirle.

Esto es, precisamente, lo que ocurrió en el caso de Ricardo: mientras que varios miembros de la comunidad intentaron ayudarlo, dentro de lo que estaba en sus posibilidades y buena onda, una empresa que ofrece una versión comercial de GNU/Linux lo llamó para mostrarle las bondades de su producto, y logró convencerlo de que continuara intentándolo.

Si tengo que pagar, ¿cuál es la diferencia entonces con el software privativo?

La diferencia está, precisamente, en la libertad, y no en la gratuidad.

Está la libertad de elegir de qué manera quiero adoptar software libre. Aquellas empresas que tienen su propio equipo dedicado a la infraestructura informática, y aquellas personas a las que les interesa participar en la comunidad, probablemente prefieran el camino no comercial, mientras que aquellas que no deseen renunciar a la calidad de “cliente” tendrán que buscar a cuál empresa quieren darle su dinero a cambio de soporte. A cada cual lo que más le guste.

Está también la libertad de hacer con el software lo que uno quiere. Más arriba planteábamos una situación en la que el proveedor no atiende a un pedido del cliente, forzándolo así a elegir entre dos males: tolerar el problema, o cambiar de software. Esta desagradable situación no se presenta en la misma forma en el mundo del software libre, porque el usuario puede cambiar de proveedor sin cambiar de programa. Así, cambiar de proveedor tiene un costo mucho menor que en el caso privativo, y el usuario puede cambiarlo hasta que encuentra uno que atiende a sus pedidos.

Está la libertad de no estar sometido a los caprichos del proveedor, que pretende dictar la dirección y el ritmo de actualización de los programas, la tranquilidad de saber que los programas que uso están sujetos a escrutinio público, el confort de estar seguro de que ningún proveedor va a venir con la policía a allanar mis oficinas a ver si estoy en regla con mis licencias.

A todo eso lo puedo obtener gratis. Pero aún si prefiero pagar por ello: no tiene precio.

Average Rating: 4.5 out of 5 based on 249 user reviews.

Leave a Comment


NOTE - You can use these HTML tags and attributes:
<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>