Reductio ad iPhone

Cada vez que participo en una discusión acerca de las restricciones a la importación de tecnología informática, invariablemente aparece alguien que sale con “loco, hay cosas más importantes que tener el útimo iPhone” o “pero se nos va la vida en dólares si dejamos que la gente se compre iPhones”. Es un argumento un tanto tramposo, porque trivializa la cuestión: estábamos hablando de la imposibilidad de conseguir herramientas avanzadas, y de golpe estamos en el terreno de los chiches o “artículos de lujo”.

Sin embargo, voy a morder el anzuelo, con una salvedad: pocas cosas más lejos de mí que defender la necesidad específica del iPhone, un dispositivo que me resulta extremadamente antipático, y que recomiendo a todo el mundo evitar en la medida de lo posible, así que espero que me disculpen si en este artículo me dirijo a una pregunta un poco más genérica: “¿necesitamos tener el último smartphone?”. En realidad, gran parte del argumento se puede aplicar a muchas otras cosas además de smartphones, pero por hoy me concentro en ellos.

La objeción en general viene por el lado de que comprar esos aparatos nos cuesta divisas, y atenta contra la balanza comercial. Pero lo que tiene de interesante la balanza comercial es que tiene dos variables, y no sólo una: reducir las importaciones puede ayudar, pero más puede hacerlo aumentar las exportaciones.

Pensando en aumentar las exportaciones nos encontramos inmediatamente con al menos un grupo de gente que efectivamente necesita tener el último smartphone: aquellos que quieren ofrecer software y/o servicios para móviles. Es un mercado potencialmente muy lucrativo, y quienes están o quieren estar en él necesitan de los aparatos no sólo para confeccionar y probar sus programas, sino también para conocer sus capacidades, familiarizarse con el entorno, imaginar lo que es posible y generar ideas de qué se puede hacer. No tener el último smartphone implica que nuestros desarrolladores y empresarios activos en este mercado están en desventaja respecto de sus competidores internacionales.

Pongo ese grupo primero porque es el caso más claro, pero por cierto no soy tan ingenuo como para esperar que los ingresos por software y servicios móviles alcancen para mejorar significativamente la balanza comercial. Hace ya un buen rato que vengo argumentando que el impacto potencial de la exportación de software en sí es mucho menor que el que tendría si en su lugar fomentáramos el desarrollo de software para mejorar nuestra competitividad en los rubros que hacen el grueso de nuestras exportaciones.

Un argumento similar se aplica a este caso: los smartphones pueden ser “chiches”, pero también son herramientas. ¿Qué aplicaciones agropecuarias y/o industriales tiene un dispositivo que combina un micrófono, cámaras de video, GPS y demás sensores (más los que se le pueden agregar vía Bluetooth o lo que sea) con conectividad inalámbrica a la red? No lo sé exactamente, porque desconozco las actividades particulares, pero tengo una fuerte sospecha de que muchas, al punto que no quiero ni pensar en la cantidad de dinero que podría ganar si lo supiera.

¿Necesitamos, entonces, el último smartphone? Quizás no: si nos remitimos a Los Beatles, all you need is love, pero la cosa no es tan sencilla como parece. En particular, no estoy seguro de que una ascética decisión de prescindir de ellos no conspire contra nosotros mismos, privándonos de más oportunidades que las que se nos ocurren a primera vista.

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1 Comentarios.

  1. Me gustó como tomaste el tema y en particular la comparacion con las maquinas que no tienen todo este tipo de conectividad..
    BTW, con el final de Los Beatles te pasaste.
    Saludos

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