Actitudes a evitar si uno se encuentra con parientes muy, pero muy cercanos en el transcurso de una orgía

Julio entró a la habitación, y cerró la puerta de un portazo.

— ¿Se puede saber qué hacés vos acá?

Diego hundió la cabeza y los hombros para no mirarlo a los ojos, y permaneció en silencio.

— Dejalo tranquilo, pobrecito, ¿no ves que está asustado? — dijo Claudia tratando de acercarse a Diego, quien retrocedió ante su mano como si fuera a quemarlo.

— ¡Quiero saber qué hace él acá!

— ¿Y vos qué pensás? ¿Que sos el único hombre exitoso de la familia? ¿No se te ocurre que nuestro hijo ya puede ser un abogado con suficiente renombre como para que lo inviten a una orgía de los Gómez Días?

— ¡Abogado de renombre, las pelotas! A este zángano lo trajo la secretaria del ministro Orteche, que se lo habrá levantado en alguna discoteca para viejas. Decime: ¿vos no sabías quién era esa arpía? ¿No sabías que Orteche hace rato que me la tiene jurada?

Diego temblaba, sentado en posición fetal, soltando de vez en cuando un corto gemido.

— Pero no quiero saber qué hace acá en la orgía, eso ya lo averigüé, lo que me interesa es qué hacen ustedes dos encerrados en esta pieza.

Ninguno de los dos respondió. Claudia cerró los ojos para evitar la mirada de Julio.

— ¿Me van a contestar, sí o no? — rugió Julio.

— Dieguito se sentía mal… — ensayó Claudia.

— ¡Vos y tu Dieguito se callan la boca! Comencemos por el principio, a ver: ¿me podés explicar cómo hiciste para encontrar a tu hijo en los escasos quince minutos que llevamos en una orgía de trescientas personas?

— Lo busqué. — Admitió Claudia.

— ¿Y cómo sabías que iba a venir este gigoló del subdesarrollo? ¿Por qué no me dijiste nada?

— No sabía… cuando entré a ponerme las medias de red, vi el bolsito y la ropa de Diego. Estaba segura porque reconocí la campera que le regalé para Navidad.

— ¿Y dónde lo encontraste?

— ¡Pero si era el centro de fiesta! Tendrías que haberlo visto: estaba en un colchón sobre el suelo, con cuatro chicas que se desvivían por él. Y todo el mundo alrededor alentándolo y aplaudiéndolo… ¡Te juro que me puse tan orgullosa!

— ¿Y cómo es que ahora Giacomo Casanova está escondido en la pieza con su mamá, en vez de ir a cumplir con su público?

Diego seguía disminuyendo en tamaño.

— Bueno… no sé qué pasó… tuvo un problemita.

— Sí, eso escuché. ¡En este preciso momento, toda la maldita orgía está cuchicheando acerca de ese “problemita”! ¡Y en casa de los Gómez Días! ¿Qué te pasó? — No sé qué le pasó… Te digo que estaba bárbaro, tanto que me entusiasmé y cuando la gente volvió a aplaudirlo empecé a gritar “¡ese es mi osito! ¡ese es mi osito!” Parece que me escuchó, porque miró para mi lado y…

— ¿Y?

— Nada. Pero nada-nada, no sé si me entendés. Nada de nada de nada. ¡Y mirá que las chicas se esmeraron! Pero él estaba como asustado… la gente comenzó a murmurar, a gritarle cosas, fue horrible. Por eso lo traje acá, para ver si en un lugar más tranquilo se le pasaba.

— Mocoso de porquería. ¿Te das cuenta de la vergüenza que estoy pasando por tu culpa?

— No te pongas así, Julio… a cualquiera le pasa.

— No, a cualquiera no. A mí no me pasa, y a mi hijo tampoco y menos en público. Porque mañana por la mañana esto va a ser la comidilla de todo el Gabinete, ¿me entendés? Así que ahora mismo salís de acá y te vas, pero en el camino más te vale que te encames con cuanta mujer se te cruce. ¡Con todas! Y no sea cosa que después escuche alguna queja por parte de ellas, ¿está claro?

Diego se levantó con la cabeza gacha, trastabilló rumbo a la puerta y salió sin mirar hacia atrás.

— ¿Cómo puede ser que mi propio hijo me haga esto? ¡Lo que pasa es que vos siempre lo consentiste! ¿Cuántas veces te dije que teníamos que hablar con él acerca de las orgías?

— No empecés de nuevo, sabés que no lo hice porque me daba vergüenza. Seré chapada a la antigua, pero esas cosas me ponen incómoda. Con una nena hubiera sido más fácil, pero con Diego no sé, nunca pude. Además, ahora en todas las escuelas hay educación sexual, así que siempre pensé que algo le dirían.

— No sé, no sé. Pero que venga a darnos estos disgustos después de todos los sacrificios que hicimos para educarlo…

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