Escribí esta nota para acompañar un informe sobre SOPA/PIPA que publicó la revista Ciudad X.

Durante muchos años, el negocio editorial (discográfico, etc.) fue prácticamente una licencia para imprimir dinero.

Aprovechaba el hecho de que copiar y distribuir obrar en forma de libros, discos, películas, era muy caro (una actividad industrial intensiva en capital, y por lo tanto sólo accesible a unos pocos) para instituirse en el único vínculo entre los autores y su público: los autores no podían llegar al público sin que alguien los publicara, el público no podía disfrutar de obras a menos que alguien produjera copias.

Operar este vínculo era particularmente lucrativo, porque permitía cobrar dos veces: a los autores le cobraban por la publicidad y la distribución de la obra, al público le cobraban por los ejemplares de la obra. En otras palabras: al autor le vendían público, y al público le vendían autores.

Dos puntas tiene el camino, y en las dos alguien me paga.

La fiesta se terminó en el momento en que la digitalización nos permitió separar la obra de su soporte: cuando ganamos conciencia de que “La Guerra y la Paz” no es un libro (una cosa hecha de papel, tinta, cola e hilo), sino una novela (una cosa hecha de palabras). El libro sigue siendo caro de reproducir, pero la novela ya no: la distribución de obras en formato digital está hoy al alcance de casi todos, a bajísimo precio, sin riesgo de quedarse sin stock, de producir copias de más, ni de que la obra se salga de imprenta.

Al costado del camino editorial de una mano, en el que las obras fluían sólo de algunos autores consagrados al público consumidor, apareció una autopista de dos vías, en la que las obras van y vienen entre un público cada vez más autor, y autores que siempre fueron público ávido. El contacto es directo, sin intermediarios, abogados, ni contratos imposibles de entender (ni hablemos de cumplir): las obras circulan, se difunden, se complementan, son resignificadas, revalorizadas, recontextualizadas, remixadas.

Un verdadero caldo de cultura.

Un caldo que, por lo demás, contradice de plano al Evangelio según la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, según el cual sin una restricción de copia fuerte los autores no tendrían incentivos para producir, se dedicarían a otra cosa, y nos quedaríamos sin obras.

Muy lejos del páramo que esta teoría predice para un ámbito en el que la copia es la norma, no la excepción, Internet rebosa de autores y obras, en una cantidad y variedad que la industria editorial jamás hubiera podido sostener, aún si hubiera querido.

Históricamente, a los autores nunca nos fue tan bien como hoy.

Debe ser difícil para la industria editorial darse cuenta de que la sociedad ya no la necesita como antes. Que está bueno que produzcan libros, discos y demás (y según sus propios números, mal no les va), pero que ya no van a ser el único vínculo entre autores y público, ni van a dictar la agenda cultural, ni van a volver a ser los únicos que pueden distribuir ciertas obras.

Es comprensible su rabieta al ver que ya no van a poder cobrar peaje a la cultura.

Pero ya es hora de que se les pase.

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