“El Artista” es la película que más me ha gustado en un rato largo. Me gustó todo de la película: el casting, la música, el estilo, los guiños, la selección, combinación, uso y economía de recursos, la actuación, la narración, los personajes, la fotografía, el montaje… todo.

Más allá de todo eso, mientras salía de la sala con una sonrisa que amenazaba con dividir mi cráneo en dos hemisferios inconexos, caí en la cuenta de que la película es una metáfora casi perfecta de la relación entre la industria editorial (discográfica, filmográfica, etc.) e Internet. Una parábola de la que la MAFIAA podría aprender muchísimo, pero bueno, andá a saber si van al cine.

En la película, George Valentin es una estrella del cine mudo que se niega, obstinadamente, a participar en el cine sonoro. Mientras Peppy Miller, una joven y extrovertida actriz adopta la nueva tecnología y se lanza en una carrera meteórica, él insiste en seguir su vida como si nada hubiera cambiado, sin alterar ni siquiera el estilo de su bigotito, con las consecuencias que todos podemos imaginar. Peppy, enamorada de él, intenta salvarlo, seducirlo al cambio, busca maneras de ayudarlo a salir de su ruina auto-infligida, pero él ya se desliza por una espiral autodestructiva en la que cada previsible fracaso es la justificación para emprender el próximo.

Lo único que faltaría para que la metáfora sea perfecta sería que él constantemente intente matarla al mismo tiempo que ella trata de salvarlo.

Pero es mejor así: tengo debilidad por los finales felices.

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