La Voz del Interior vierte la SOPA fuera del tarro

¿Por dónde empezar a criticar este artículo?

¿Por el abuso de meter en la misma bolsa a la pederastia con el intercambio de archivos?

¿Por la falta de perspectiva de llamar “piratería” a ese intercambio, cuando la piratería real, la de los barcos, armas y robos, aún cobra vidas en ciertos mares del planeta?

¿Por la ingenuidad de pensar que los autores viven de los libros que se venden en las librerías cuando sabemos hace rato que no es así?

¿Por la repetición de la cansada pregunta “¿de qué van a vivir los autores?” justo cuando los autores están viviendo su mejor momento en la historia, y ellos mismos se han ocupado de contestarla?

¿Por la aceptación acrítica de que hay derechos de autor que pagar, cuando el intercambio de archivos es una actividad completamente distinta de la que ese derecho tradicionalmente reguló, y por lo tanto no necesariamente es aplicable?

¿Por la categorización del intercambio de archivos como “disvalor”, cuando se trata de una herramienta que nos permite, por primera vez en la historia de nuestra especie, hacer realidad el derecho, consagrado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, a acceder a los beneficios de la cultura, la ciencia y la técnica?

Prefiero concentrarme en el problema conceptual central del artículo, que está resumido en una cita: “El consumidor debe pagar por un producto que costó dinero hacer”. Por cierto, la frase suena correcta. Pero los sustantivos están mal. El público no es meramente un “consumidor”: es un ciudadano, que en el caso del intercambio de archivos está usando recursos tecnológicos a su alcance (a menudo pagados por él mismo: conexión a Internet, computadora, etc) para que otros puedan tener acceso a las mismas obras que él. Y las obras no son “productos”: un libro de papel, un CD de plástico, esos son productos, productos industriales que deben ser manufacturados, distribuidos y vendidos, y por los que claramente hay que pagar. Pero una obra no es un producto, es expresión, es algo que no puede ni debe encorsetarse en el estrecho concepto de mercancía.

Para los autores, Internet y el intercambio de archivos es lo mejor que podía ocurrirles. Internet mismo lo demuestra, empíricamente: si el intercambio de archivos fuera tóxico para los autores, Internet debería ser un páramo, en el que nadie escribe, en el que no hay ni autores ni obras. Y sin embargo, lo que vemos es una explosión de ambas cosas, tanto en volumen como en calidad y variedad, que no tiene precedentes en la historia.

El derecho de autor, tal como existe hoy, produce mucho más daño que beneficio. Mientras más rápido nos demos cuenta de eso, más rápido podremos ponernos a rediseñarlo desde cero, que es lo que necesitamos.

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