A propósito de “orgía”

La palabra “orgía” nos viene derechito y casi sin escalas del griego, o del latín, a esta altura ya poco importa. Es notable que, pese a la antigüedad de la palabra, su significado haya cambiado tan poco en el transcurso del tiempo como su ortografía, y mucho podemos aprender de la disposición de la gente de la época con sólo observar que reservaron, de entrada, una palabra de apenas tres sílabas para nombrar un concepto que hoy nos exigiría, si quisiéramos prescindir de ella, recurrir a engendros mucho más largos como “pasarla bomba”, “tirar manteca al techo” (¡ay, los eufemismos!) o “armar un desmadre”. Esta diferencia en la facilidad de expresión de un mismo concepto sólo puede indicarnos que, en aquellas épocas, el término era mucho más usado que ahora, y por ello requería de comodidad y rapidez a la hora de pronunciarla. Es este un muy buen momento para morirnos de envidia.

Si bien hay gran variedad de ellas, y dentro de cada variedad muchos matices, los elementos distintivos de una orgía que se precie son la muchedumbre, el descontrol y la promiscuidad. De estos aspectos, quizás el que ha tenido el desarrollo más curioso a lo largo de la historia sea el de la muchedumbre. Contrariamente a lo que sería lógico pensar, a medida que la población mundial aumentaba, la cantidad de personas necesarias para calificar de muchedumbre ha ido disminuyendo. Esto ha llegado al extremo de que tres solitarias personas juntas en una cama ya sean festejadas con sones de orgía, cuando en mejores épocas apenas hubieran merecido, como descripción, un escueto y cotidiano “mi cuñada estuvo de visita”.

Otro aspecto que merece nuestra atención es el del descontrol. Un extraterrestre que descubriera cuán placentera y liberadora es la experiencia del desenfreno para nuestra especie concluiría, sin lugar a dudas, que se trata de nuestro estado favorito y que la única manera de evitar que un ser humano se descontrole a todas horas es azotándolo encadenado de pies y manos. Sorprendentemente, sabemos que no es así — de donde se deduce que ya hemos sido encadenados y azotados, pero esa es otra historia — y que lo difícil respecto del control es, precisamente, perderlo. Esta extraña circunstancia ha generado vastas y prósperas industrias cerveceras, vitivinícolas y afines, que saben extraer pingües ganancias de la producción de sustancias destinadas a relajar el conflicto existente entre nuestra innata vocación orgiástica y nuestra reticencia cultural a entregarnos al placer. Una vez más, aprendemos que la represión es la madre del progreso.

Nos queda aún el último requisito definitorio de la orgía, aquel que ha sido objeto de la peor prensa de todos: la promiscuidad, más específicamente la promiscuidad sexual. Intentemos, por difícil que nos resulte, evitar la odiosa comparación entre la primigenia musicalidad de la “orgía” y la moderna cacofonía culpogénica de la “promiscuidad”. Concentrémonos, en cambio, en lo que esta palabra describe en este preciso contexto: varios cuerpos humanos que, como obedeciendo órdenes emanadas directamente de Girondo, se mueven, se acercan, se rozan, se enciman, se refriegan, se lamen, se lubrican, se acarician, se penetran, se besan, se hunden, se levantan, se disfrutan, gimen, jadean, ríen… Con todo respeto por la opinión que de estos asuntos puedan tener los lectores, el autor se permite la libertad de dejar constancia de que le suena mucho, pero mucho mejor que un domingo mirando fútbol.

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