La orgía católica

Dicen los estudiosos que el principal aporte del Cristianismo al pensamiento humano fue el concepto del amor al prójimo. Dicen también que fue de esta idea que surgió la otra gran novedad, la pretensión de aunar a la raza humana en una “asamblea universal” o “Iglesia Católica”, que es lo mismo. Hasta entonces, cada religión se ocupaba de mantener el imaginario de sus dioses, sin preocuparse por las demás, salvo quizás para plagiarles algún dios que les parecía particularmente bien logrado. El nuevo ideal expansionista del Catolicismo, en cambio, requería la conversión de todos a un único Dios, motivando incontables campañas de evangelización a través de los siglos, y plantando quizás el germen de lo que hoy llamamos marketing.

La primera dificultad con la que se enfrentaron los evangelistas fue la particular resistencia de los romanos a convertirse a la nueva fe. Una resistencia muy comprensible, por supuesto: desde las lúgubres reuniones en las catacumbas hasta los ocasionales quince minutos de fama como aperitivo de los leones del Circo Máximo, la vida del creyente de aquellos tiempos abundaba en incomodidades. Más grave que esta circunstancia, sin embargo, era la personalidad de Jehová, tan ajena a la mentalidad romana. Alcanzaban a comprender que hubiera tenido un hijo con una mortal — su propia tradición estaba repleta de antecedentes similares — pero en el resto de sus actitudes les resultaba demasiado contradictorio. Los infortunios terrenales, que ellos siempre habían interpretado como los desplantes propios de sus deidades lascivas e iracundas, debían ser ahora entendidos, de alguna manera, como muestras del amor de un Dios misterioso y contemplativo, que por lo demás predicaba el “amáos los unos a los otros” con la misma frescura con que proclamaba al celibato como estado ideal. Quizás esta última ocurrencia, tan foránea a las inclinaciones romanas, fuera la más conflictiva a la hora de decidir un cambio de fe. Los romanos no se acostumbraban. Extrañaban: al margen del éxito de las campañas de evangelización, la deserción de las filas del Señor en época de bacanales era catastrófica.

Agobiado por estas dificultades, Andrés de Limuria, uno de los evangelistas más prominentes de la época, se dedicó al estudio de las Escrituras con el objetivo de determinar hasta qué punto la actividad orgiástica estaba permitida por la Iglesia. Comenzó su búsqueda en silencio, pues tenía escasas esperanzas de obtener resultados positivos. Para su propia sorpresa, sin embargo, llegó a la conclusión de que al menos la más atractiva de las conductas propias de la orgía, la unión sexual espontánea, podía ser practicada sin entrar en conflicto con las leyes católicas. Esto resultaba de una puntillosa aplicación del dogma: según la tradición, un matrimonio religioso puede celebrarse sin concurso de sacerdotes, pues en esta ceremonia los oficiantes son los contrayentes. Así, con sólo iniciar una relación sexual, los participantes estaban creando el enlace matrimonial que al mismo tiempo la bendecía.

Quedaba aún por resolver cómo continuar la orgía así comenzada (ya que, luego de esa primera cópula, los flamantes cónyuges quedaban inhabilitados para cambiar de pareja), este primer triunfo alentó a Andrés a informar de sus estudios a las autoridades eclesiásticas, al tiempo que comenzaba su investigación de las implicancias de la fórmula “hasta que la Muerte los separe” en el contexto orgiástico. Nunca pudo terminar sus estudios: sus superiores no alcanzaron a comprender la piadosa intención que los impulsaba, y le ordenaron interrumpirlos de inmediato.

Durante siglos, los escritos de Andrés fueron conservados y copiados por generaciones de monjes benedictinos (algunos de los cuales solían llevarse el libro para leerlo en la cama). Finalmente, ya en plena Edad Media, el tren de pensamiento de Andrés fue llevado a su lógica consecuencia por un oscuro obispo español: la orgía podía continuar luego de la muerte de uno de los cónyuges, que así dejaba al sobreviviente en libertad de unirse con algún otro orgiasta, celebrando un nuevo enlace sin ofender al dogma.

La orgía resultante tenía aún el problema del ritmo: resultaba demasiado lento si había de esperarse la llegada natural de la Parca, al tiempo que el mandamiento de “no matarás” ponía claros límites a la cantidad de ayuda que podía prestársele. La inspiración divina, sin embargo, no se hizo esperar demasiado: no era lícito matar personas, pero otras eran las leyes cuando se trataba de demonios, brujas o herejes. Esto hacía posible una orgía católica en forma de una serie de matrimonios espontáneos, en cuyo breve transcurso uno de los cónyuges descubría y denunciaba la vocación demoníaca de su pareja, para que la misma Iglesia la ejecutara. Este mecanismo no sólo eliminaba todas las objeciones teológicas a la orgía sexual, sino que incluso proporcionaba un vasto margen para el sado-masoquismo a la vez que proveía amplias excusas para vistosas hogueras.

Así fue que, luego de siglos de estancamiento, pudo celebrarse la primera y única orgía católica que registra la historia. Duró décadas, y aún hoy la recordamos bajo el nombre de La Santa Inquisición.

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