Lo que P2P da, DRM te lo quita

Una versión de este artículo fue publicada en el libro
“Libres de Monopolios sobre el conocimiento y la vida” de Fundación Vía Libre

Peer-To-Peer

El costo de publicar y distribuir obras ha sido, durante toda la historia de nuestra especie, uno de los obstáculos más formidables a la divulgación de la cultura y el conocimiento. Tradicionalmente, publicar una obra no sólo era caro, sino también riesgoso desde el punto de vista financiero: es muy difícil determinar a priori si una obra tendrá éxito o no, y por lo tanto es común que muchas obras nunca recuperen la inversión que su publicación requiere. Las dificultades logísticas de tener que distribuir ejemplares físicos actuaban también como obstáculos a la difusión de las obras, que eran difíciles de conseguir fuera de los ambientes urbanos.

Las vertiginosa difusión de las redes digitales, que han llevado la telefonía celular a parajes donde jamás había llegado la fija, y en los que es difícil imaginar la existencia de bibliotecas bien surtidas, ofrece alternativas interesantes para la difusión de las ideas, reduciendo los costos tanto de la publicación como de la distribución global de obras.

El costo de publicar en la red es risiblemente bajo y, al contrario de lo que pasa con los formatos analógicos tradicionales, se vuelven aún más bajos mientras más éxito tiene la obra. Esto se debe en gran medida a una de las muchas pequeñas maravillas del ingenio que pueden verse en el la red, en la que nos detendremos para resaltarla como una demostración más del poder de la cooperación: las redes entre pares, más conocidas como “redes peer-to-peer” o “P2P”.

Antes de las redes P2P, los costos de distribución de una obra por Internet ya eran significativamente menores que los de la publicación física, pero crecían a medida que la popularidad de la obra aumentaba. Esto se debía a que los archivos siempre se transmitían de principio a fin, lo que funciona aceptablemente bien cuando se trata de obras pequeñas, que pueden transferirse en pocos segundos, como artículos individuales de texto, pero se volvía un problema a la hora de distribuir obras más grandes, tales como libros completos, música, vídeo. Cuando la cantidad de datos a transferir era mucha, la capacidad de transmisión de la máquina que contenía la copia “maestra” de los datos (el “servidor”) se convertía en un cuello de botella, un recurso limitado por el que competían las personas que querían obtener la obra (los “clientes”).

Imaginemos un servidor con una capacidad de transmisión de sesenta (la unidad de medida no es importante a los efectos de esta explicación). Cuando el primer cliente comienza a bajar el archivo, tiene toda la capacidad a su disposición, con lo que la transferencia avanza rápidamente. Si antes de que la transferencia termine llega un segundo cliente, sin embargo, la capacidad de transmisión debe ser compartida entre ambos, y ahora sólo queda 30 para cada uno. La llegada del tercer cliente reduce la capacidad de transmisión disponible para cada uno a 20, el cuarto la lleva a 15, el quinto a 12. Para cuando llega el sexto, el servidor sólo puede dedicar una capacidad de transmisión de 10 a cada uno, y la velocidad de descarga continúa cayendo con cada nuevo cliente.

Las redes P2P resuelven este problema de una manera sumamente ingeniosa, que aprovecha el hecho de que el servidor no es el único que tiene capacidad de transmisión. Los clientes también pueden transmitir, y podemos aprovechar esta capacidad si cambiamos la estrategia con la que copiamos el archivo. Lo primero que hacemos es dividir el archivo en múltiples secciones del mismo tamaño, y usamos a estas secciones como unidad básica de transferencia, en vez del archivo completo. Luego programamos a las computadoras de modo tal que 1) puedan recibir estas secciones en cualquier orden, 2) lleven la cuenta de cuáles secciones ya han recibido en forma completa, y 3) ofrezcan, usando su propia capacidad de transmisión, las secciones que ya tienen a las demás computadoras a las que aún les faltan.

De esta manera, el servidor ya no es el único que transmite: los clientes también actúan como servidores adicionales, contribuyendo su propia capacidad de transmisión a la olla común, aún cuando todavía no tienen una copia completa del archivo. La consecuencia inmediata es que, al revés que en el caso anterior, el archivo “baja” más rápido mientras más máquinas lo requieren al mismo tiempo. Una vez que ya existen varias copias completas en los clientes, incluso, el servidor original ya no hace falta: los clientes intercambian datos entre sí, de igual a igual y solidariamente. Literalmente, entre pares.

Hay muchos programas de transferencia de archivos entre pares disponibles en la red, y son un recurso invaluable para distribuir datos voluminosos a grandes audiencias. La mayoría de los proyectos que distribuyen compilaciones de software libre, por ejemplo, utilizan redes P2P para poner sus imágenes de CD a disposición del público. Combinadas con la disponibilidad de conexiones de red y computadoras a costos accesibles para particulares, estas redes permiten vislumbrar el momento en que podamos poner las obras de la humanidad al alcance de todos los seres humanos, y no sólo de los privilegiados.

Lamentablemente, no todos estamos igual de entusiasmados con la baja de los costos de publicación. En particular, las llamadas “industrias del contenido” están seriamente preocupadas, porque los altos costos de publicación eran su propia razón de ser. El hecho de que la publicación y distribución de obras fuera un proceso intensivo en capital era lo que hacía imprescindible la intermediación de la industria entre los autores y su público. Si ahora éstos pueden comunicarse directamente entre sí, el modelo de negocios de la industria se cae a pedazos.

Por eso no es sorprendente que las empresas de medios intenten deshacer la maravilla del P2P, haciendo lobby en los medios y en los gobiernos para pintarla de herramienta criminal, y demandando a usuarios de redes P2P por presunta violación de copyright, basándose en que estas redes sirven para distribuir obras independientemente de si están bajo derecho de autor o no, y y en que muchas personas son usadas para intercambiar canciones y películas que se encuentran bajo copyright.

La acusación de violación de derechos de autor es discutible, entre otras cosas porque estas leyes no fueron pensadas para ser aplicadas a particulares. Hasta hace muy poco tiempo, un individuo hubiera tenido grandes dificultades para violar los derechos de autor de nadie, precisamente porque la producción de un libro, un disco o una película presuponía una infraestructura industrial y comercial que sólo estaba al alcance de empresas de cierto tamaño.

Las leyes de derecho de autor fueron pensadas para regular la interacción entre los autores y las editoriales, y entre las editoriales entre sí. Esto es evidente cuando vemos que en las leyes de derecho de autor de la mayoría de los países se hace mención explícita a que éste se aplica solamente a las reproducciones realizadas con fines comerciales. En otras palabras, lo que limita es el derecho de las editoriales de publicar los mismos libros que otra. ¿Es razonable entonces aplicar estas reglas a las actividades de sin fines de lucro de particulares, para los que no estuvo pensada?

Distintas interpretaciones de la ley han llevado a distintas conclusiones, desde la teoría de la Recording Industry Association of America (RIAA), según la cual el mero acto de poner a disposición de otros de una obra bajo copyright constituye una violación al mismo, a las recientes decisiones de cortes italianas y españolas rechazando la idea de que la distribución de obras en redes P2P sin fines de lucro viole derechos de autor.

Digital Restriction Management

Otra estrategia empleada por la industria de los contenidos para contrarrestar los efectos de la desaparición de los costos como barrera de entrada a la publicación, es el requerimiento de que todos los dispositivos digitales capaces de almacenar obras (es decir, todos los dispositivos digitales) estén equipados con sistemas de gestión digital de restricciones (en inglés, Digital Restriction Management o DRM). En realidad, el nombre que ellas usan es “gestión digital de derechos”, pero este nombre es deliberadamente confuso, ya que lo que estos sistemas hacen no es gestionar derechos, sino simplemente controlar qué operaciones puede realizar el usuario con los datos presentes en sus dispositivos.

Los sistemas de DRM son mecanismos muy elaborados cuyo objetivo es, esencialmente, quitar al usuario el control sobre sus dispositivos, de modo de impedirle realizar ciertas operaciones a las que “no tiene derecho”. Un sistema de DRM bastante conocido es la codificación regional de los DVDs, que consiste en un mecanismo de incompatibilidad deliberada, diseñado con el propósito explícito de impedir, por ejemplo, que un DVD comprado en Asia pueda ser visto usando un reproductor comprado en América Latina. Este es también un ejemplo muy claro de por qué es inexacto enfocar a estos sistemas como gestores de derechos, ya que se trata de un restricción que no tiene apoyo legal alguno: no existen leyes que otorguen al autor o la editorial el derecho a controlar dónde se puede disfrutar un DVD una vez vendido.

Estos sistemas están apareciendo en cada vez más dispositivos en el mercado, en particular en reproductores de medios, en teléfonos celulares y en sistemas operativos de computadoras. En todos los casos, tienen tres características llamativas. La primera es su carácter de inapelables: si el sistema decide que yo “no tengo derecho” de grabar ciertos datos a CD, no puedo hacerlo, por más que el sistema esté equivocado y se trate de las fotos de mi cumpleaños.

La segunda es que requiere de una infraestructura importante para funcionar: todos los dispositivos en manos de los usuarios deben contar con las funciones adecuadas, y además es necesario mantener servidores, bases de datos y sistemas centralizados de control para que funcionen. Si esta infraestructura no opera adecuadamente, el público no puede acceder a las obras que ya compró. Esta es la característica que probablemente más le interesa a las editoriales, precisamente porque vuelve a colocarlos en el lugar de intermediarios indispensables: la publicación está al alcance de todos, sí, pero la provisión de una infraestructura confiable de DRM no.

La tercera característica común a los sistema de DRM es que no funcionan: por lo general, pocos meses luego del lanzamiento de cada uno de ellos, algún grupo de investigadores encuentra falencias en el sistema, e inmediatamente aparecen programas para eludir las restricciones. Muchos especialistas opinan que esta vulnerabilidad se debe a que lo que intentan hacer los sistemas de DRM es cercano a lo imposible: la naturaleza de la red es copiar datos, y no se puede impedir la copia sin que la red deje de funcionar. No es sorprendente que la reacción de la industria ante el fracaso de los sistemas de DRM no sea reconocer que la idea en la que se basa está fundamentalmente errada, sino nuevamente demandar a las personas que encuentran las vulnerabilidades.

¿La cultura tiene dueños?

A fin de cuentas, lo que vemos es una competencia entre dos fuerzas: una que busca crear mecanismos que permitan acercar las obras a todas las personas, y otra que intenta neutralizar esa posibilidad para mantener vivo un modelo de negocios perimido.

Nos encontramos en un momento en el que las redes digitales nos permiten avizorar un futuro cercano en el que, por primera vez en la historia de nuestra especie, el costo de publicación no sea obstáculo para que las personas participen en pie de igualdad en el disfrute y construcción del conocimiento y la cultura. Por primera vez podemos, como individuos, publicar a escala global sin intermediarios, hablar con nuestros iguales, intentar entendernos entre personas, más allá de lo que digan o hagan nuestros “representantes”.

Estamos a un paso de lograr el sueño de instalar una imprenta, una estación de radio en cada casa. Sería muy triste que lo logremos, sólo para encontrarnos con que acaban de prohibirnos usarla.

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