Mi maestra me decía que nada hay mejor que una orgía

Jacinta ama a sus alumnos como a su vida. A las siete y media de la mañana, cuando Graciela todavía está de bata en su casa despidiendo a su marido, ella ya ha llegado al colegio. Quién sabe qué niño puede llegar hoy más temprano y requerir de sus atenciones, o qué padre puede tener alguna duda o consulta que formularle acerca de la educación de su hijo o hija. Comenzada la clase, a las ocho y media de la mañana, mientras Alfonso sube a su taxi al primer pasajero que no lo asalta, Jacinta sonríe plácida ante las miradas atentas de treinta pares de ojos que siguen sus palabras como embelesados. A las diez, en el mismo momento en que el Doctor Rodríguez acepta en su despacho una humilde atención por parte de un contratista que se ha visto justamente favorecido con la adjudicación de las obras del puerto de aguas profundas de la pintoresca y mediterránea localidad de Malagueño, Jacinta acepta una manzana que Pablito le ofrece como prenda de amor y acaricia su cabeza con ternura, como agradecimiento por la manzana y por el rubor de sus orejas. Quizás cerca del mediodía, cuando Mariana, Simón y Marcelo salen cada uno de sus respectivos trabajos para aprovechar la media hora del almuerzo, Jacinta tenga que separar a dos infantes que se trenzaron en una pelea por figuritas, o porque uno estaba cantando que el otro tie-ne-nooo-via, y reprenderá a los dos con igual firmeza, para luego consolar a ambos con igual cariño. Mientras cada uno de nosotros, Fernando, Gabriel, Ester, Alberto, Marisol, todos, continuamos con nuestro cotidiano derrotero de oficinas, agencias, depósitos, gerencias y planos, ella sigue hasta las cuatro de la tarde dispensando a sus niños amor y dulzura inacabables. Recién entonces emprende el camino de regreso a casa, se desanuda el pelo, toma un largo baño con agua muy caliente, se seca bien, se perfuma y se cambia, porque sabe que a las seis en punto Graciela, su marido, Alfonso, el Doctor Rodríguez, Mariana, Simón, Marcelo, Fernando, Gabriel, Ester, Alberto, Marisol y todos los demás la esperamos en el aula que construimos en su garage, prolijamente parados al lado de nuestros pupitres, los varones en pantalones cortos, peinados con gomina; las chicas con faldas hasta las rodillas, medias tres cuartos y el pelo recogido, todos ansiosos por que Jacinta llegue, vestida solamente en cuero, goma y látex, los pechos y el sexo descubiertos, balanceando displicente en su mano derecha la fusta de mimbre, presta a castigar las indisciplinas que hoy, seguramente, volveremos a cometer.

Corregime

5 corrigenda.

  1. Lindo relato. Muy tierno…

  2. Hahahah, sí, que buen relato. Muy bueno. :-)

  3. quiro que medigas como coger a una vieja

  4. como acostarme con la cuñada

  5. que mierda.!!!

Contestación

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