Software vs. Copyright (dejá, no me defiendas más)

Un noviazgo auspicioso

Por muy razonable que a mucha gente le parezca el hecho de que el software esté sometidoEs común leer que el software está “protegido” por derecho de autor. Lamentablemente, quienes usan esa imagen suelen olvidar decir de cuáles riesgos está siendo protegido, y por lo tanto resulta difícil decidir si la protección contribuye a contrarrestar esos riesgos o no. Decir que el software está sometido al derecho de autor refleja más fielmente lo que está ocurriendo: todo software está bajo derecho de autor, independientemente de los deseos de sus autores y usuarios. al copyrightEn este texto hablaré de “copyright” como sinónimo de “derechos de autor.” Esto no es estrictamente correcto, pero la diferencia entre ambos conceptos no afecta a la argumentación específica de este artículo., se trata en realidad de una decisión arbitraria, adoptada como resultado de las negociaciones que, en los ’70, se realizaron para encontrar un marco regulatorio apropiado para los programas de computadora.

En defensa de esta decisión, diré que subyace a ella una observación correcta de la naturaleza de los programas como construcciones culturales, no técnicas, como obras que se escriben y no productos que se manufacturan. Esta observación es crucial, en cuanto reconoce la capacidad expresiva de los programas de computadora, caracterizándolos como el vehículo idóneo para comunicar algoritmos, de la misma manera que las partituras permiten comunicar música o las ecuaciones permiten comunicar ciertas verdades matemáticas.

Tratar al software como la obra expresiva que es tiene consecuencias importantes y beneficiosas para la sociedad. Implica, por ejemplo, que el derecho a la libertad de expresión se aplica tanto a quienes se expresan en código como a quienes lo hacen en Castellano o en notación musical. Reconocer al software como parte de nuestra cultura, a la que los Derechos Humanos nos garantizan acceso, plantea la necesidad de que el régimen al que se lo someta tenga como objetivo primordial fomentar su difusión para ponerlo al alcance del público.

Otra implicación importante es que el objeto de la regulación es la obra (el programa) y no su función: si yo escribo un programa para que la computadora realice determinada tarea, otras personas pueden escribir otros, distintos, que resuelvan el mismo problema sin que haya conflictos legales. La actual controversia en Estados Unidos sobre las patentes de software, muestra las consecuencias que hubiera tenido considerar al software, erróneamente, como producto y no como obra: en ese país, es posible obtener una patente sobre “utilizar un programa para resolver el problema X”, y a partir de ese momento el titular de la patente es la única persona con derecho a escribir programas que resuelvan X.Un detalle interesante es que tal patente se puede obtener incluso si quien la solicita no ha escrito aún el programa, ni tiene intenciones de escribirlo.

Un matrimonio conflictivo

Si bien el reconocimiento de la naturaleza expresiva de la programación hace evidente que las patentes no son el marco regulatorio adecuado para el software, esto no quiere decir que el copyright necesariamente lo sea o, al menos, que sea razonable aplicar exactamente el mismo copyright, de exactamente la misma manera, a programas que a libros o canciones.

El elemento que más fácilmente se identifica en el derecho de autor como inadecuado para el software es el de la duración. El copyright es un monopolio limitado en tiempo, con la idea de que una vez expirado, la obra que entra al dominio público sigue siendo útil. En el caso de la mayoría de las obras musicales y literarias, podemos asumir que seguirán siendo útiles durante un tiempo muy largoLa exagerada duración actual del copyright hace que esta suposición aparezca como exageradamente optimista: es altamente probable que, setenta años luego de la muerte del autor, ya no haya ejemplares viables de la obra, ya sea por degradación del medio (papel, vinilo, celuloide) o porque la obsolescencia del formato hace que no haya dispositivos que permitan acceder a ellas. ¿Cómo escucharíamos hoy música grabada en un magazine de ocho pistas?, pero los programas tienen una vida útil muy limitada. La rápida evolución de los diseños de hardware y el surgimiento constante de nuevos entornos de aplicación hacen que los programas pierden su utilidad a escasos cinco años de ser publicado, a menos que se los actualice. Un programa que entrara en el dominio público apenas diez años luego de ser publicado sería inútil para fines prácticos. Si un programa entra en el dominio público setenta años luego de la muerte del autor, ¿de dónde vamos a sacar hardware capaz de ejecutarlo?

Hay otro aspecto menos obvio en el cual la transacción social implícita en el copyright no se cumple para el software. Cuando un autor publica una obra bajo copyright, (un libro, una pintura, una composición musical), ésta queda inmediatamente a la vista del público, quien puede estudiarla, analizarla, desmenuzarla y apreciar todos los aspectos que hacen a la construcción de la obra. Esto no ocurre necesariamente cuando la obra es un programa: los programadores tienen la posibilidad de ejercer el monopolio sobre la obra sin necesidad de revelarla.

Esto es posible gracias al hecho de que hay varias representaciones de un mismo programa, algunas de las cuales son prácticamente imposibles de comprender por el ser humano porque están diseñadas para ser interpretadas por una máquina. Por supuesto, las personas que programan no usan esas representaciones directamente, sino que usan lenguajes de programación, notaciones formales diseñadas para ser fácilmente comprensibles para quienes las conocen, aunque al ojo no entrenado aparezcan como una cruza entre Inglés y matemáticas. Un programa para calcular la raíz cuadrada de un número, por ejemplo, podría escribirse así en el lenguaje C:

/* Esta función imprime la raíz cuadrada de su argumento */
static void printsqrt(float x) {
if (x < 0) /* la raíz de un numero negativo es imaginaria */
    printf("El numero es menor que cero!\n");
else       /* el numero es positivo, todo bien */
    printf("%f\n", sqrt(x));
}

En este trozo de código puede apreciarse la intención comunicativa del programa, expresado en una notación “humana” que incluye notas aclaratorias de la intención del autor y las razones por las que toma ciertas decisiones, de modo que pueda ser entendido por otra persona. Esta representación del programa en forma comprensible a los humanos es lo que suele llamarse “código fuente” del programaUna exposición más a fondo de la diferencia entre lenguaje de programación y lenguaje de ejecución puede leerse en ¿Qué es el código fuente?. Lo que la computadora ejecuta, sin embargo, no es el código fuente, sino el resultado de traducirlo, mediante un proceso automático, en lenguaje de máquina. Un programa en lenguaje de máquina consiste en una larga lista de instrucciones codificadas numéricamente, que listan en detalle las operaciones elementales que el procesador debe ejecutar. Cuando traducimos el programa de más arriba para que pueda ser ejecutado en máquinas de tipo “PC,” todos los elementos comunicativos desaparecen, y queda reducido a la siguiente lista de números:

2212858197      1171855596      3673086216      2665537513
250282615       1680082119      3892839557      4294967036
1171856363      605871368       4294901736      610065919
604292868       134514050       4294893544      1438894591

El problema consiste en que el derecho de autor no sólo se aplica a los programas en su forma legible sino también al software en lenguaje de máquina, aún cuando sólo se distribuya el segundo y no el primero. Pero la transacción del copyright se basa en la idea de que el autor obtiene del público un monopolio sobre la obra, a cambio de socializarla. Cuando un programa se distribuye sólo en lenguaje de máquina, esa socialización no se produce, y el público es estafado.

Los hijos reclaman el divorcio

Mucho ha escrito ya la Free Software Foundation acerca de los daños que los monopolios sobre la distribución de software causan en la sociedad como un todo, criminalizando actitudes valiosas como la solidaridad de compartir con nuestros semejantes. Pero más allá de eso, la manera en que aplicamos el copyright a los programas, sin prestar atención a aquellas características que lo diferencian de otros medios de expresión cultural, atenta contra su florecimiento como tal.

La práctica generalizada de la distribución de software sin código fuente (más parecido, estrictamente, al ejercicio de un secreto industrial que al de un derecho de autor) entorpece la capacidad de quienes ejercen la disciplina de aprender unos de otros, como ocurre en las demás artes. Dificulta, además, el ejercicio efectivo del derecho de autor sobre aquellas obras que sí han sido publicadas como código fuente: resulta muy difícil descubrir y demostrar que cierto programa ejecutable contiene un plagio de otro cuando no contamos con el código fuente del primero, sino sólo con una lista de números dentro de la cual puede estar, o no, escondida una de muchas posibles traducciones del código fuente a código de máquina.

El resultado de esta distorsión es fácil de reconocer la práctica: un mercado de grandes corporaciones que privatizan para sí las obras de sus empleados, manteniendo el monopolio sobre su distribución sin enriquecer el acervo cultural común ni aportar obras útiles al dominio público, al tiempo que corren muy poco riesgo de ser descubiertas cuando incorporan en sus programas obras de terceros.

Queda por preguntarse cómo sería el paisaje de software actual si en aquellas negociaciones de los '70 hubiera prevalecido la idea de que el software requiere un régimen similar al copyright pero adaptado a su naturaleza específica, con duraciones drásticamente menores y exigiendo la publicación del código fuente.

En todo caso, la gran cantidad de desarrolladores de software libre, quienes deliberadamente renuncian a imponer condiciones restrictivas a la distribución, estudio y confección de obras derivadas de sus programas, no sólo desmiente de plano que el copyright sea necesario para el desarrollo de la disciplina, sino que demuestra, por construcción, que un ambiente de cooperación y colaboración es mucho más fértil para la disciplina que uno de aislamiento y restricción.

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