Y qué tal si salimos tooodos a bailar…

La versatilidad y la falta de especialización biológica son, sin lugar a dudas, características esenciales de nuestra raza. Mientras que una termita obrera jamás podrá servir a su reina como soldado, y sólo existe evidencia indirecta y contradictoria de la existencia del Mono Relojero, la capacidad del ser humano para cumplir múltiples roles nos ha sido muy útil a la hora de aseguranos de que seamos nosotros los que comemos a los animales, y no al revés.

Seguramente de allí viene la tendencia innata de las mujeres a exigir de sus pretendientes virtudes varias y encontradas, hasta el punto en que llegamos a envidiar a los animales por la simpleza de sus ritos de cortejo. Al pavo real, por ejemplo, que se limita a abrir el abanico de sus plumas, o al mismo mamboretá, de quien sólo se espera que permita que la hembra le devore la cabeza durante la cópula. En nuestra desdichada especie, en cambio, el macho debe satisfacer una lista de virtudes más estricta para conquistar el corazón de una dama que para operárselo.

Sin duda, este estado de las cosas responde a la sabiduría de la Naturaleza, quien dicta al oído del sexo fértil qué es lo importante para la supervivencia de la especie en cada entorno. ¿Pero alguien puede explicarme por qué se supone que un hombre ha de saber bailar? ¿Qué ventaja evolutiva aporta la ridícula tendencia a derrochar energías en movimientos a todas luces innecesarios? ¿Hay alguien a quien no se le revuelva el estómago de sólo pensar en Humphrey Bogart bailando Lambada?

Quienes me conocen aducirán que mi aversión al baile se debe a que lo mejor que puede decirse de mi habilidad como danzarín es que rara vez me caigo más de dos o tres veces por noche. Pero hay múltiples razones por las que, en el ranking del placer, la mayoría de los hombres coloca una noche de danza justo detrás de un tratamiento de conducto.

Estudios científicos han demostrado que las discotecas se instalan sólo en aquellos lugares ya identificados como absolutamente inútiles para todo uso, incluyendo la danza. Este fenómeno se explica teniendo en cuenta que los dueños de estas antesalas dantescas saben que la gente va allí a bailar, y no a pasarla bien. Así, a nadie parece importarle la humillación de que sea un fisicoculturista con dificultades para escribir su apellido sin faltas de ortografía el que decide si uno puede entrar o no, ni el hecho de que en las discotecas no se ve nada, no se oye nada, y lo único que nos impide rodar por tierra con el cuerpo destrozado a codazos es que el suelo ya está copado por los borrachos. Y para agregarle infamia a lo que ya es ofensivo, ¡encima nos cobran a nosotros más que a ellas, que son las que quieren ir!

Todo eso, sin embargo, no es nada comparado con el mayor de los oprobios: los tipos que sí saben bailar. Estos abominables traidores al género no sólo existen, sino que algunos de ellos ni siquiera son homosexuales. A nuestras volubles acompañantes, por su parte, les basta con poner un pie sobre la pista para decidir hacer caso omiso de nuestro distinguido linaje, nuestra gallarda estampa y nuestras fulgurantes credenciales para hacerle ojitos descaradamente a cualquiera de estos zánganos. Es en vano que les advirtamos que el sujeto en cuestión es evidentemente un traficante de drogas, que comentemos la cicatriz de navaja que cruza su rostro de izquierda a derecha, o que le ofrezcamos un frasco de perfume para ahogar el hedor a zoológico que emana del susodicho. Aún en esta situación límite, lo que se espera del hombre, orgulloso heredero de una ilustre tradición de pataduras que se remonta al período Precámbrico, es que persista compulsivamente en su patético despliegue de convulsiones arrítmicas.

Se supone que para agradar a la mujer hemos de dejarnos cegar, ensordecer, golpear, esquilmar, y hasta humillarnos en público en una absurda competencia con seres de dudosa calaña. ¿Acaso creen que carecemos de todo amor propio? ¿Les hemos dado razones para pensar que somos capaces de cualquier bajeza con tal de conquistarlas? Evidentemente, sí.

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