Ella no merecía este tipo de desengaño. Al fin y al cabo, no era una atolondrada de esas que se embarcan a lo loco en aventuras condenadas al fracaso. Nada de eso, elegía cuidadosamente a los hombres con los que se metía, y sin embargo ellos siempre se las arreglaban para decepcionarla.

A Marcos lo había conocido en un asado en casa de Pablo. Como referencia no era gran cosa, porque todos los hombres de ese grupo habían terminado desilusionándola de un modo u otro. Pero al menos hubo una presentación formal, y aprovechó ese mismo día para hacer las primeras averiguaciones disfrazadas de charla de sobremesa. Así se enteró de su carrera de ingeniero, de su trabajo en una fábrica de automóviles, de su gusto por el cine, la música clásica, las artes marciales, la astronomía y la comida china. Al mismo tiempo se complació con sus buenos modales de mesa, detectó una leve tendencia a tartamudear que le daba cierto aire de desprotección, y observó con agrado que comía con mesura, que no abusaba de las proteínas, que no fumaba, que no le miraba el busto mientras le hablaba, que llevaba las uñas cortas y limpias, que sus encías no manchaban de sangre la manzana al morderla, que no usaba perfume y que las raíces de su pelo eran del mismo color que las puntas.

Si se hubiera apresurado en esta instancia, si se hubiera dado por satisfecha con lo que él tenía para decir y mostrar de sí mismo, su desgracia hubiera sido más comprensible. Pero ella ya tenía demasiados desengaños en su haber como para ser tan ingenua.

Tuvo que esperar hasta el día siguiente para llamar a la fábrica donde había dicho que trabajaba. La telefonista la conectó con el interno, y ella colgó de inmediato al escucharlo decir “hola”. Una vez confirmado su trabajo, dedicó el resto de la semana a revisar los archivos de la universidad hasta dar con la constancia de que su título de ingeniero era genuino, y comprobar que se había recibido sin aplazos.

Ella era plenamente consciente de que un hombre es más que un trabajo y un título. Detrás de cada hombre se ocultan los grandes secretos de su vida, pensaba, y para descubrirlos convocó a su detective privado, un profesional meticuloso, serio, tan digno de confianza que ella lo hubiera considerado apto para una relación más allá de lo laboral, si no fuera por su manía de hacerse llamar “Marlowe”. Al cabo de pocos días, Marlowe le entregó el informe habitual, en el que se detallaban las lecturas favoritas de Marcos, así como su estado civil y patrimonial, vicios, relaciones amorosas anteriores, orientación política, cuentas bancarias en el país y el extranjero, pertenencia a clubes, cofradías y logias, historia clínica, actividades deportivas, creencias religiosas, multas de tránsito de los últimos cinco años, aptitudes musicales, amonestaciones recibidas en el secundario, deudas, hábitos higiénicos y frecuencia de visita a su madre.

Comenzaba a sentirse satisfecha consigo misma. Pensando en cuánto le agradecerían sus futuros hijos la minuciosidad con la que había trabajado para elegir un buen padre, tomó una clase de prueba en el mismo instituto de aikido en el que él practicaba, con el único objetivo de raspar su piel con el anillo especial que le había procurado Marlowe. Así obtuvo una muestra a partir de la que encargó el análisis de ADN que confirmó la ausencia de enfermedades congénitas, descartó toda tendencia a la diabetes o al cáncer, y arrojó un primer diagnóstico muy alentador acerca de su mutua compatibilidad genética.

Finalmente, ubicó y visitó a cada una de sus anteriores relaciones, haciéndose pasar por promotora de Avon. Para evaluar el resultado de estas entrevistas hizo gala de un delicado balance de criterio: se trataba de mujeres que él había elegido, de modo que debía asegurarse de que ninguna fuera medio loquita, porque no le interesaba enamorarse de un hombre al que le gustaran las tilingas. Pero en todo momentó recordó que también eran mujeres que él había dejado, y por eso debía constatar los defectos o taras que justificaran tal paso, eximiéndolo de la crueldad de haberlas abandonado sin un motivo válido.

Recapitulando sobre sus actos, ella no podía encontrar ningún error. Había hecho todo lo que estaba en su poder para asegurarse de que su relación con Marcos tuviera probabilidades de éxito. Sólo entonces había comenzado a elaborar planes que la hicieran coincidir casualmente con él en alguna situación propicia para que la invitara a comer, o mejor al cine. Había evaluado largamente si en la primera salida le convendría usar el vestidito negro o el conjunto bordó. Hasta se había preguntado si él estaría de acuerdo con sus planes de no casarse en la ciudad, sino en la capilla de Candonga, que ella consideraba más romántica que cualquier iglesia urbana. Todo encajaba a la perfección hasta el momento en que, componiendo en su mente una futura fotografía familiar con sus tres hijos y él (ya un poco mayor y luciendo una incipiente pancita de marido satisfecho), recordó que, aquella noche, en lo de Pablo, Marcos no le había gustado en absoluto.

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