El 8 de febrero de 1994, los diarios del Reino Unido reportaban la prematura muerte de Mr. Stephen Milligan, Honorable Miembro del Parlamento Británico por el partido conservador de Inglaterra. El día anterior, Milligan había sido encontrado en su casa, muerto por asfixia sobre la mesa de la cocina. Las únicas prendas que vestía en el momento de su deceso eran un par de medias finas de seda y su correspondiente portaligas. Tenía la cabeza envuelta en una bolsa de polietileno, ceñida al cuello con un cable eléctrico, y en la boca una naranja pelada.

No quieran ver en estas palabras, los muchos y entrañables practicantes del onanismo, menosprecio alguno respecto del noble y milenario arte de la autogestión orgásmica, pero es claro que lo que Milligan hacía en aquel momento iba mucho más allá de la simple masturbación, dejando muy atrás incluso a grandes avances como la “paja de lujo” (con preservativo), el “paragüitas” e incluso la “dormida”. ¿Qué calificativo menor a “orgía de a uno” podría hacer justicia a este acto sexual solitario, planeado y ejecutado con meticulosa dedicación, en el que un sujeto se compromete con el placer y su propia manera de obtenerlo hasta tal extremo que no se deja distraer de ellos ni siquiera por la misma Muerte? ¿Dónde quedaron los aires de superioridad de los orgiastas ortodoxos, muy capaces de interrumpir un coito placentero para atender el teléfono?

La orgía de a uno es ideal para personas que buscan certezas. Es la más fácil de organizar, la más higiénica, aquella en la que nunca se cuelan indeseables, la única en la que la asistencia perfecta está garantizada. En ella no existe la más mínima posibilidad de embarazos imprevistos, ni el menor riesgo de encontrarse por sorpresa con su cónyuge. Para quienes prestan atención a estas minucias presenta, eso sí, el inconveniente de que toda orgía de a uno es, por necesidad, homosexual.

A diferencia de las churriguerescas orgías multitudinarias, en las que la abundancia y el exceso mitigan cualquier falencia, la de a uno es la orgía quintaescencial, aquella a la que nada podemos sacarle sin privarla de su naturaleza. En rigor de verdad, más allá de lo que las apariencias quieran insinuar, la buena orgía siempre es de a uno. Quien así no lo comprende ignora que, de entre todas las experiencias, el éxtasis es la más solitaria.

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