Naturaleza Injusta

Cuando era niño, en aquel tiempo incierto en que ya me sabía varón pero aún no había inventado a la mujer, yo anhelaba crecer pronto, convertirme en un hombre adulto. ¿Y cómo evitar ese ansia, teniendo en cuenta lo promisorio de mi destino genético? Crecer varón me garantizaba que, finalmente, dejaría de ser un animalito asustado para convertirme prácticamente en Superman. Formaría parte del Sexo Fuerte, sería sólido e impasible como un peñasco en la tormenta, sería el punto de referencia, el paradigma de la verdad y la justicia para quienes me rodearan.

El tiempo, que en aquellos años transcurría parsimonioso, hoy se ha desbocado en una carrera homicida, de la que además parece que soy la víctima. De repente descubro que estoy aproximándome (en la dirección equivocada) a la edad en la que mi lenta metamorfosis de gusano a Rey de la Creación debería estar completa… y en lugar de festejar me encuentro haciendo reflexiones sobre el triste estado de la monarquía en nuestro siglo.

Admito que, en mi caso particular, esta desilusión responde en parte a razones muy concretas. No es ningún secreto que terminé convertido en algo mucho más cercano a Woody Allen que a Tarzán. No sólo no me convertí en el hermano buen mozo del Hombre Mono, sino que temo que nuestro parentesco más cercano se remonte a alguna variedad de babosa de la que terminó evolucionando la musaraña. Pero amén de estos avatares, siempre sospeché la existencia de un malestar masculino generalizado, que todos los hombres sufrimos frente ante la disparidad que hay entre aquella imagen cultural fulgurante y nuestra realidad cotidiana.

Hice averiguaciones entre mis congéneres y, efectivamente, el clamor fue unánime. Desde el punto de vista estadístico, esta uniformidad de criterio es significativa porque los varones, como conjunto, tenemos muy poco en común. Tan poco, que no dudamos en festejar abiertamente nuestras diferencias mediante riñas, partidos de fútbol, improperios, guerras y demás actividades generalmente clasificadas bajo el rubro “deportes”. Sin embargo, en una queja estamos todos de acuerdo: hemos sido tratados muy duramente por la Naturaleza.

Basta una mirada desapasionada sobre el mecanismo de reproducción de nuestra especie para advertir que nuestra función en la Historia Natural es la de entremezclar los genes de distintas mujeres. Somos la varita de madera que las Cocineras de la Creación usan para remover la sopa genética de tanto en tanto. Visto así, es inmediato reconocer que los hombres somos un experimento genético manejado por mujeres. Nuestro cuerpo es un mero sistema de soporte vital para la antedicha “varita”, y nuestro rudimentario intelecto es obviamente lo único que salió mal: el plan era que no tuviéramos ninguno. Un pene es, ni más ni menos, el medio por el cual una mujer produce a otra mujer.

Una vez encontrado nuestro lugar en el gallinero de la Naturaleza, no es sorprendente que seamos seres primitivos y melancólicos. Al fin y al cabo, no se supone que los varones debamos aportar grandes obras, belleza ni gloria: basta con que entreguemos 23 cromosomas en relativo buen estado de conservación. Y de ser posible, para que no se echen a perder, hemos de aportarlos seguido y en cantidad abundante. Para ello, la previsora Madre Naturaleza tuvo buen cuidado de omitir el sentido del ridículo en el diseño de nuestra mente, o al menos de crear un mecanismo que lo inhabilita en cuanto nos proponemos acercarnos a una mujer. Si tuviéramos algún vestigio de respeto por nosotros mismos, ¿seríamos capaces de ocultar el impulso homicida (y hasta de poner cara de interesados) cuando una mujer nos instruye por enésima vez sobre las supuestas características de nuestro signo zodiacal?

Como para completar la afrenta, el inadecuado sucedáneo que nuestras madres nos dan a guisa de psiquis es tan frágil, que la sombra amenazadora de nuestra inevitable impotencia senil nos deprime ya desde los 13 años, y en secreto esperamos tener el buen gusto y la previsión de acumular suficiente colesterol como para que un oportuno infarto nos lleve “aún machos” y nos evite el bochorno.

Los hombres tenemos muy pocas, casi ninguna razón para estar conformes. Pero créame, aún con todos estos problemas, estamos mejor que las mujeres. Los varones somos, sí, los más abstrusos miembros del reino animal. ¡Pero imagínese a ellas, pobrecitas, sin más remedio que enamorarse de nosotros!

Leave a Comment


NOTE - You can use these HTML tags and attributes:
<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>